El debate sobre la burbuja de la IA se intensifica con las declaraciones de Pat Gelsinger, antiguo director ejecutivo de Intel. Tras abandonar la compañía, concedió una entrevista al Financial Times en la que expuso su visión sobre el futuro de la informática. Según él, los ordenadores cuánticos representan la pieza que falta en el rompecabezas tecnológico. Los definió como parte de una “santa trinidad” junto a la computación clásica y la inteligencia artificial. Su tesis es clara: un avance cuántico podría acabar con el dominio de las GPU y pinchar la burbuja que rodea al sector.
Nos encontramos en un momento en el que las tarjetas gráficas de NVIDIA marcan el ritmo de la industria. Su precio elevado y su capacidad para entrenar modelos de aprendizaje profundo han convertido a la empresa en líder indiscutible. Sin embargo, Gelsinger considera que esta hegemonía tiene fecha de caducidad. Asegura que los chips gráficos serán desplazados antes de que termine la década. Frente a la previsión de Jensen Huang, máximo responsable de NVIDIA, que calcula dos décadas para la adopción masiva de la computación cuántica, Gelsinger reduce el plazo a apenas dos años. Esa diferencia refleja la incertidumbre que rodea a la evolución de esta tecnología.
La computación cuántica se basa en qubits, unidades que pueden representar múltiples estados simultáneamente gracias al principio de superposición. Este fenómeno permite resolver problemas imposibles para arquitecturas clásicas. La promesa es revolucionar campos como la criptografía, la simulación de materiales o el entrenamiento de modelos de IA. Si esa capacidad se materializa, el impacto sobre el mercado sería inmediato. La burbuja de la IA podría desinflarse porque los sistemas actuales quedarían obsoletos frente a la potencia cuántica.
Gelsinger no solo habló de tecnología. Reconoció que durante su etapa en Intel la compañía perdió disciplina básica. Señaló que en los cinco años previos a su regreso ningún producto se entregó a tiempo. Esa falta de rigor provocó retrasos en proyectos clave como el nodo 18A, diseñado para competir con TSMC. Admitió que la empresa sufrió un deterioro más profundo de lo que imaginaba. Finalmente, el nuevo CEO, Lip-Bu Tan, canceló el proyecto dentro del plazo prometido. Esa confesión muestra la dificultad de mantener el liderazgo en un sector donde cada retraso supone perder cuota de mercado.
En la entrevista también comparó la alianza entre Microsoft y OpenAI con la relación que Bill Gates estableció con IBM en los noventa. Según él, OpenAI actúa como socio de distribución de modelos, mientras Microsoft aporta la infraestructura de cálculo. Esa visión refuerza la idea de que la inteligencia artificial actual depende de acuerdos estratégicos más que de avances científicos puros. La burbuja de la IA se alimenta tanto de expectativas financieras como de colaboraciones corporativas.
Tras dejar Intel, Gelsinger se integró en Playground Global, un fondo de inversión con fuerte presencia en el ámbito cuántico. Esa experiencia le convenció de que la combinación de qubits y algoritmos especializados transformará la informática. Su entusiasmo contrasta con la prudencia de otros expertos, pero refleja la tensión entre quienes ven la IA como un fenómeno pasajero y quienes la consideran el futuro inmediato. El tiempo dirá si los ordenadores cuánticos cumplen las promesas y si realmente logran pinchar la burbuja.
La década que comienza será decisiva. Si los plazos de Gelsinger se cumplen, en dos años veremos sistemas cuánticos capaces de desplazar a las GPU. Si la predicción de Huang resulta correcta, la transición tardará veinte años. En cualquier caso, el sector tecnológico se prepara para un cambio radical. La burbuja de la IA puede estallar o transformarse en una nueva etapa marcada por la computación cuántica. Lo único seguro es que nos encontramos ante un periodo apasionante para la innovación.





